La arruga

Nunca me han parecido de fiar aquellas personas que se horrorizan cuando ven una arruga o que incluso se refieren a las arrugas de alguien de forma despectiva. No me parecen de fiar porque no entiendo qué le ven de malo a haber vivido –con todo lo que eso significa- y que quede muestra de ello.

No sé muy bien qué ha llevado a que socialmente veamos estas marcas como algo negativo y de lo que avergonzarse. ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? Quizá lo empezamos a ver como algo malo y la industria vio un filón para hacer dinero. O tal vez fue esta última la que decidió que las arrugas eran feas, que había que erradicarlas y que para ello utilizarían a mujeres y hombres a los que presentarían con caras más lisas que las de un bebé. Todo ello con la intervención divina del Santísimo Photoshop. Pero esto no te lo dicen, claro. Se perdería la magia.

El caso es que no pasa un corte publicitario en el que no anuncien una milagrosa crema que elimina las arrugas desde el primer uso. Porque “los signos de envejecimiento” hay que ocultarlos. Porque un hombre o mujer con sesenta años tienen que tener la misma piel que cuando tenían diez. Por supuesto. Para entender lo antinatural que me parece y la grima que me da, siempre pongo el mismo ejemplo: un niño con arrugas. De esto nos escandalizaríamos, como es lógico, porque va en contra de la naturaleza. Sin embargo, ver pieles en las que no hay ni rastro de vida o siquiera de expresión, es de lo más natural. Así de potentes son la publicidad y el marketing. O así de imbéciles somos nosotros.

No estoy diciendo que no tengamos que cuidar nuestra piel, sobre todo porque está sometida a un estilo de vida poco saludable, a contaminación de todo tipo y a alimentos de todo menos naturales. No me refiero a las cremas hidratantes que palian un poco estos excesos. Me refiero a esas cremitas que cuestan una pasta y que tienes que echarte por la mañana y por la noche*, en un afán de eliminar esas líneas, no se vayan a dar cuenta de que has reído y llorado.

Esos surcos en la piel son nuestro cuaderno de bitácora. Las arrugas son el recuerdo de cuando los entornábamos mientras paseábamos por la playa y el sol nos daba de frente; o de cuando intentábamos divisar la figura de alguien querido en la lejanía. O de cuando reíamos hasta llorar por las cosquillas que nos hacían nuestros padres cuando éramos pequeños. O de cuando llorábamos hasta reír porque queríamos enfadarnos con nuestro hermano pero él o ella ponían una cara graciosa y ya no podíamos continuar con nuestro enfurruñamiento. O de cuando, simplemente, lloramos de rabia o porque perdimos cosas, personas, oportunidades que nunca más volvieron. O de cuando las comisuras de nuestros labios se estiraban tanto que dolían porque habíamos recibido una buena noticia o porque, sencillamente, nos sentíamos bien.

O de cuando…

Martin Langer

*Siempre he creído que esto no es necesario, sino que lo indican para que el producto se acabe antes. Pero esto es cosa mía.

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