Archivo del Autor: Zara

Los ojos pequeños de Luna

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Pienso en cómo se te puede amar tan fuerte

y en cómo puedes esperarme tanto.                                                                                                  

Cómo

un corazón tan diminuto

puede mover mi mundo, 

condicionarlo.                                                                                                                                              

Cómo

puede haber tanto amor

-y tan sincero-

los abrazos que te doy, 

en esa carita que pones de agobio, 

en tus patas rodeándome los brazos, 

en la fiesta que estalla cuando cruzo la puerta,

en las siestas que te pegas en mi vientre

y en cómo ladras bajito cuando sueñas.                                                                                            

Cómo podemos conocernos tanto

sin haber cruzado palabras nunca, 

cómo sabes cuándo te necesito, 

y vienes

y me dices cosas bonitas

-como que me quieres y

que la felicidad es un paseo por el parque-.                                                                                    

Cómo pueden decirme tanto

siendo tan pequeños

esos ojos que tienes de Luna;

pedirme tanto, 

darme tanto calor.                                                                                                                                    

Nadie celebra como tú mi vuelta y, 

por cosas como esa, 

-y porque eres tan bonita que no se explica-

haces que la vida 

sea un lugar en el que quedarse.

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Doblar la esquina

Se me desploman sobre las sienes

los fríos mármoles de Bloomsbury,

las marcas y

toda esta gente

andando tan rápido

-no sé hacia dónde pero sé

que no es hacia delante-.                                                                                                                  

La voz de la mujer que canta las paradas

en la planta de arriba del autobús,

el agua arremetiendo contra los cristales y

este monstruo de ciudad levantado sobre el fango,

se me desploma.                                                                                                                                         

En mi vida sin ti

soy un poco más puta

y he levantado muros

que no (me) permiten mirar hacia dentro.                                                                                        

En mi vida sin ti

hay paz pero no hay aire,

ni poesía

-como era de esperar, pues

guardas toda la poesía en tus ojos,

que no me miran más-.                                                                                                                            

Vivo.

O algo así.

Frío patatas, hago crucigramas,

bebo cerveza, me río,

dejo pasar las horas

tirada con él en el suelo,

busco abrazos por ahí,

miro las nubes y renazco.                                                                                                                       

A veces lloro también,

cuando sueño contigo,

cuando me acuerdo

de que ya no me escribes poemas

-ni siquiera me llamas-

por mi cumpleaños

y me pregunto cómo las cosas

pueden cambiar tanto. O,

cuando alguien me pregunta:

“¿qué es lo más bonito que has visto en tu vida?”

y yo sigo pensando en tus ojos, 

y en la forma que tienes de reírte

porque

se me han olvidado todas las cosas

por las que me mataba

y todas las cosas

por las que me moría.

Casi no me queda nada

de lo que fui antes de ti

pero me queda

este amor tan inmenso, tan

irreprochable;

este mirarte desde lejos

-a través del cristal

de todas esas cosas tan importantes

que no son yo

y que tienes que atender-;

este implorarle,

tan fuerte y tan callada,

a las nubes

que te hagan feliz por mí

que, desde alguna parte,

te miro y veo

cómo tu espalda se hace pequeña y cómo

estás a punto

de doblar la esquina.                                                                                                                               

Porque llueve

y no vas a venir,

ni vas a llamar,

ni vas a responder si llamo.                                                                                                                  

Devuélveme toda la poesía

que esto

no es lo que habíamos acordado.                                                                                                        

No es que no te crea, es que

te estoy viendo

doblar la esquina.

Lo mágico de las calles grises

Londres. El maldito canto de su viento, que se incrusta en el cerebro y te vuelve loco. Su niebla, que no suele ser otra cosa que mierda disuelta en el aire. Sus vagones de metro abandonados en el extrarradio. Sus zorras. Sus yonquis. Su puta manía de madrugar por las mañanas. Su cielo encapotado. Sus palizas en callejones oscuros. Su subsuelo agujereado. Sus “te llamaré”.

Sus ocho millones de almas a viviendo a un ritmo vertiginoso que rara vez se tocan y jamás se miran a los ojos.

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Esta ciudad que ha enterrado ríos bajo asfalto, que maltrata, que te echa en cara las pisadas, que te convierte en mota de polvo y se ríe de ti, de tus debilidades, de tu inseguridad y de sus consecuencias.

Este gigante levantado sobre fango a lo largo de los siglos, que te ofrece todo para después no ponerte fácil nada.

Este mirar hacia arriba con la mandíbula desencajada ante una ciudad pionera en todo, con una historia de terror en cada esquina.

Este arsenal de ilusiones entremezcladas con desamparo, que lo siente todo, que lo mira todo, que te echa el aliento en la nuca, que te da una patada en el culo cuando ya te ha dejado sin nada y tú te largas dejándote un trozo de corazón en alguna acera del Soho.

Este síndrome de Estocolmo.

Este enamorarse de una puta.

Londres te embriaga, te suelta en escena, y se sienta a mirarte con socarronería. A ver qué haces, a ver cuánto tiempo aguantas hasta pegarte un tiro, o enamorarte perdidamente de su reto y de tu condena.

A cambio, te lo da todo.

Si tienes la fortaleza de una fiera, y la forma de mirar de un niño, te lo da todo.

La ciudad más vigilada del mundo

Londres es una de las ciudades más importantes del mundo y, probablemente, la más grande de Europa.

Foco de turismo, comercio, finanzas y cultura; con más de 8 millones de habitantes, Londres es un gigante que se mueve a un ritmo vertiginoso. Es un punto de interés para todos, también para terroristas, por eso su sistema de vigilancia ha de estar a la altura.

Etiquetada constantemente como “la ciudad más vigilada del mundo”, cuenta con una inmensa red de cámaras que interceptan a sus transeúntes cada pocos segundos (unas trescientas veces al día) y mandan información a los operadores en caso de actuación sospechosa, para que éstos den zoom in, activen los micrófonos y llamen a Scotland Yard en caso de que fuera necesario.

Son un elemento importante para las persecuciones policiales, ya que los operadores siguen al sospechoso desde arriba y proporcionan información a la policía acerca de hacia dónde se dirige en cada momento.

También registran las matrículas de todos los vehículos que entran en la ciudad por si fuera necesario recabar datos a partir de ellas, y son capaces de discernir quién paga y quién no en las zonas de tráfico de pago, para posibles denuncias posteriores.

Por descontado, vigilan el tráfico. Son parte de un sistema de comunicación que consta de sensores bajo el asfalto que miden la frecuencia de paso de los vehículos y la almacenan en forma de datos para detectar anomalías o retenciones en la fluidez del tráfico.

Con la ayuda de la información que proporcionan estos sensores y las cámaras, los semáforos son regulados. Algunos de ellos, semáforos “inteligentes”, se autorregulan de forma automática en función de las necesidades del tráfico y otros son regulados manualmente por trabajadores.

Al margen de las cámaras que vigilan las calles, están las que graban en los autobuses londinenses, en el metro, y en todo tipo de instalaciones. Además de las cámaras de los negocios privados. Las hay incluso en las escuelas.

Cientos de miles de ojos artificiales nos siguen a todas partes. Estamos increíblemente vigilados bajo un pretexto de seguridad que no deja de ser eso, un pretexto, porque, además, sólo se resuelve un delito por cada mil cámaras de seguridad, lo que cuestiona la eficiencia del sistema. En palabras de Iñigo Sáenz de Ugarte para Público, en 2009:

La cifra ha sido publicada en un informe de la Policía Metropolitana de Londres. El documento recoge opiniones de mandos policiales que empiezan a ser conscientes de las dificultades para justificar tal despliegue de vigilancia pública. Precisamente porque los ciudadanos son conscientes de que cada día son enfocados y grabados por centenares de cámaras, las autoridades aspiran a que al menos sean útiles en la lucha contra la delincuencia. Si no es el caso, dice el informe, llegará el momento en que los británicos no aceptarán con tanta facilidad esta intromisión.”

Es imposible, cuando menos, no pensar en las telepantallas de las que hablaba Orwell en “1984”, y sentir cierto temor e inseguridad cuando el cometido es el opuesto. Aunque también proporciona anécdotas divertidas, como el caso de un policía que se persiguió a sí mismo durante veinte minutos  siguiendo instrucciones de los operadores de cámara porque fue identificado como sospechoso por los mismos.

Snowden filtró que Londres espió a casi dos millones de ciudadanos a través de sus webcams en colaboración con Estados Unidos. Por no hablar del historial de escuchas y acceso a datos privados que tiene el país de la Casa Blanca; o de la maquinaria cibernética que llevó a Obama a ganar las elecciones, tras dos años de trabajo de investigación en una sala blindada: La Cueva.

Tales informaciones, incitan a todo menos a la confianza. No sabemos muy bien en qué medida, ni cómo, pero sabemos que nos están manipulando ferozmente.

El flaco de Úbeda

“A mí me gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, charlar con los amigos de verdad, enamorarme de verdad; y cuando pones tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas lleno de cicatrices”.

(Joaquín Sabina)

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Si hay algo más importante en mi vida -musicalmente- que los Beatles es el flaco de Úbeda. He crecido tomándome su poesía como una filosofía sobre la que he cimentado la mayoría de mis principios.

No soy una fan, soy una estudiosa de Sabina.

Hago mías sus palabras sin darme cuenta. Lo cito sin darme cuenta. Me refiero a él todo el tiempo, sin nombrarlo ni ser consciente muchas de las veces.

El omnipresente flaco de Úbeda.

Siempre digo que forma parte de mi familia pero en realidad de lo que forma parte es de mí, de muchas de las cosas que soy.

¿Podemos volver?

¿Podemos volver

a desabrocharnos la piel

el uno al otro

y mirarnos por dentro?

 

¿Podemos volver

a enroscarnos como anacondas

de madrugada

en cualquier antro de esta ciudad que marchita?

 

¿Podemos volver 

a mirarnos así

justo antes de que se nos imanten las bocas

y se nos desdibuje el contexto?

Otro muerto qué más da

“Otro muerto, otro muerto

 ¿qué más da?

Si está muerto que lo entierren y ya está.

[…]

Otro muerto, pero tiene su por qué.

Algo ha hecho, y si no pregúntale”.

Me ha venido a la mente la citada canción de Mecano, mientras leía cómo Rubalcaba pregunta a Rajoy quién dio la orden de disparar contra los inmigrantes que intentaban llegar a España nadando, y Rajoy responde -pero a Marcelino Iglesias- con una cita que dijo el PSOE en 2005 cuando murieron dos inmigrantes al intentar cruzar la frontera.

Venía a decir que “en estos últimos tiempos parece ser que hay determinados sectores que quieren hacer a la Guardia Civil sospechosa de no sé qué comportamientos y yo me niego totalmente”.

El desprecio me parece tan abrumador que no sé muy bien cómo describirlo.

Desprecio hacia los muertos, y hacia todos los seres humanos que se juegan la vida empujados por unas condiciones de vida tan miserables que, al menos yo, no sé si me puedo llegar a imaginar.

Desprecio en el cinismo de las palabras de Rajoy y en sus políticas.

En la implantación de las concertinas.

En la vulneración constante de la ley con las llamadas “devoluciones en caliente” de inmigrantes, sin asistencia médica ni derecho a ser atendidos como posibles refugiados.

Problema que se está tratando de resolver cambiando la ley para poder devolver a los inmigrantes sin atenderlos previamente.

Es decir, no penalizamos a aquellos que incumplen la ley, sino que modificamos la ley para que lo que hacen sea legal. En la buena dirección.

En el espectáculo circense de que el director de la Guardia Civil diga que no se utilizó material antidisturbios, y luego el ministro de Interior diga que sí.

En el hecho de salir a responder sobre el asunto tras casi dos semanas de silencio -y poco son dos semanas para lo que acostumbra- para parafrasear algo que dijo el partido de la oposición ocho años atrás. Viniendo, además, a decir que no tiene ningún interés en depurar responsabilidades.

No está nada claro que la Guardia Civil actúe bajo el marco de la legalidad -por no decir que queda constantemente de manifiesto que no lo hace en ciertas ocasiones-, lo que sí está claro es que hay muertes que podrían haberse evitado.

Sólo de esta, quince.

Quizás el Gobierno debería replantearse a quién respaldar y a quién dar la espalda.