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La ciudad más vigilada del mundo

Londres es una de las ciudades más importantes del mundo y, probablemente, la más grande de Europa.

Foco de turismo, comercio, finanzas y cultura; con más de 8 millones de habitantes, Londres es un gigante que se mueve a un ritmo vertiginoso. Es un punto de interés para todos, también para terroristas, por eso su sistema de vigilancia ha de estar a la altura.

Etiquetada constantemente como “la ciudad más vigilada del mundo”, cuenta con una inmensa red de cámaras que interceptan a sus transeúntes cada pocos segundos (unas trescientas veces al día) y mandan información a los operadores en caso de actuación sospechosa, para que éstos den zoom in, activen los micrófonos y llamen a Scotland Yard en caso de que fuera necesario.

Son un elemento importante para las persecuciones policiales, ya que los operadores siguen al sospechoso desde arriba y proporcionan información a la policía acerca de hacia dónde se dirige en cada momento.

También registran las matrículas de todos los vehículos que entran en la ciudad por si fuera necesario recabar datos a partir de ellas, y son capaces de discernir quién paga y quién no en las zonas de tráfico de pago, para posibles denuncias posteriores.

Por descontado, vigilan el tráfico. Son parte de un sistema de comunicación que consta de sensores bajo el asfalto que miden la frecuencia de paso de los vehículos y la almacenan en forma de datos para detectar anomalías o retenciones en la fluidez del tráfico.

Con la ayuda de la información que proporcionan estos sensores y las cámaras, los semáforos son regulados. Algunos de ellos, semáforos “inteligentes”, se autorregulan de forma automática en función de las necesidades del tráfico y otros son regulados manualmente por trabajadores.

Al margen de las cámaras que vigilan las calles, están las que graban en los autobuses londinenses, en el metro, y en todo tipo de instalaciones. Además de las cámaras de los negocios privados. Las hay incluso en las escuelas.

Cientos de miles de ojos artificiales nos siguen a todas partes. Estamos increíblemente vigilados bajo un pretexto de seguridad que no deja de ser eso, un pretexto, porque, además, sólo se resuelve un delito por cada mil cámaras de seguridad, lo que cuestiona la eficiencia del sistema. En palabras de Iñigo Sáenz de Ugarte para Público, en 2009:

La cifra ha sido publicada en un informe de la Policía Metropolitana de Londres. El documento recoge opiniones de mandos policiales que empiezan a ser conscientes de las dificultades para justificar tal despliegue de vigilancia pública. Precisamente porque los ciudadanos son conscientes de que cada día son enfocados y grabados por centenares de cámaras, las autoridades aspiran a que al menos sean útiles en la lucha contra la delincuencia. Si no es el caso, dice el informe, llegará el momento en que los británicos no aceptarán con tanta facilidad esta intromisión.”

Es imposible, cuando menos, no pensar en las telepantallas de las que hablaba Orwell en “1984”, y sentir cierto temor e inseguridad cuando el cometido es el opuesto. Aunque también proporciona anécdotas divertidas, como el caso de un policía que se persiguió a sí mismo durante veinte minutos  siguiendo instrucciones de los operadores de cámara porque fue identificado como sospechoso por los mismos.

Snowden filtró que Londres espió a casi dos millones de ciudadanos a través de sus webcams en colaboración con Estados Unidos. Por no hablar del historial de escuchas y acceso a datos privados que tiene el país de la Casa Blanca; o de la maquinaria cibernética que llevó a Obama a ganar las elecciones, tras dos años de trabajo de investigación en una sala blindada: La Cueva.

Tales informaciones, incitan a todo menos a la confianza. No sabemos muy bien en qué medida, ni cómo, pero sabemos que nos están manipulando ferozmente.

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Otra utopía periodística

Un pensamiento fugaz cruzó mi mente mientras leía este artículo de Soledad Gallego-Díaz, escrito en 1994. Ya entonces se era consciente de lo nocivo que resultaba el periodismo de declaraciones para el Periodismo con mayúsculas. Aquel consiste en un ansia desmedida por plasmar, tal cual, todo aquello que dicen las autoridades y los dirigentes políticos, casi sin ton ni son. Aunque no aporten nada nuevo, aunque sólo sea mera autopropaganda. Así se rellenan muchos huecos en los periódicos de información general, así se manchan esas hojas que tan caras nos salen en términos ecológicos.

Me pregunto si no sería mejor tener unos periódicos más finos, con menos páginas, pero que todas ellas sean útiles y nos aporten la información –y también el entretenimiento, pues no son excluyentes- necesaria para formarnos como ciudadanos y hacernos más libres. ¿Por qué no sólo veinte, treinta páginas, pero repletas de reportajes, de análisis, de investigaciones que aporten algo nuevo y contribuyan a la defensa de la democracia? Un periodismo de calidad y al servicio de la ciudadanía es imposible si los periodistas se ven abrumados por la cantidad de comunicados, invitaciones a ruedas de prensa y declaraciones vacías que se supone que deben cubrir. Este trabajo rutinario, aunque necesario, no debería ser primordial, les quita tiempo, energía y ganas  a los periodistas para dedicarse a aquello por lo que se considera al periodismo como la profesión más hermosa del mundo: la investigación, la interpretación del mundo en el que vivimos, la denuncia de hechos execrables.

periodismo de declaracionesLos periódicos no pueden quejarse porque cada vez vendan menos. Con un poder adquisitivo cada vez más reducido, la gente no va a gastarse el dinero en un producto que no aporta nada nuevo, que en muchas ocasiones se convierte en una tribuna desde la que los políticos se contestan unos a otros, en un diálogo necrótico y enfangado que cada vez importa menos a la ciudadanía.

Claro está que, a veces, cuando alguien se atreve a salirse de la norma, le tiran piedras. Pero así es como se avanza, como se cambian las cosas. Como en este caso:

“[…] A veces hace falta mucha convicción. Como la que tuvieron varias cadenas de televisión norteamericanas que el 4 de junio de 1992 se negaron a retransmitir en directo una rueda de prensa del presidente George Bush porque estimaron que no aportaba nada nuevo      .

El discurso de Bush fue recogido brevemente, y como quinta noticia, en los servicios informativos. Conste que algunos telespectadores protestaron.”

Aunque, claro, ya se sabe que esto de cambiar las cosas y de ir hacia delante no suele gustarles a los dueños de los medios de comunicación, cuyos intereses no coinciden en lo más mínimo con los de la ciudadanía y la democracia.

Mientras tanto, yo seguiré soñando e intentando contribuir a esta utopía periodística para que pronto deje de serlo.

Mi madre

En 1956 yo tenía 12 años. Ya entonces podía adivinarse en mí lo que en el futuro sería mi sello distintivo. Era una niña curiosa, inquieta y, sobre todo, muy preguntona. Si le preguntas a la hermana Manuela, mi profesora del colegio, te diría que yo era una descarada. Una vez, mientras me confesaba, le conté que había soñado que Dios no existía y, tras poner cara de horror, empezó a chillar, para que todas la oyeran, que yo estaba maldita. Cuando hacía esas cosas, yo me acordaba de lo que tantas noches me repetía mi madre: “No debes enfrentarte a ella. Pero por dentro puedes pensar lo que quieras: la puedes insultar, le puedes hacer burla… Recuerda que tu mente es libre”.  Y eso es lo que hacía. Aunque tenía que disimular, porque a veces se me escapaba una risilla.

En esa época había muchos libros interesantes que, sin embargo, estaban prohibidos. Mi madre escondía un buen montón en el altillo y, a veces, cuando todos se habían ido a dormir, los leíamos juntas. Me encantaban esos momentos y las historias tan maravillosas que esas páginas me ofrecían. Por eso no podía entender por qué otros libros, sin duda más aburridos, eran de lectura obligatoria en clase.

Un buen día, la hermana Manuela nos trajo un ejemplar de un libro que, según decía, acababa de ser publicado. El olor a nuevo de los libros me provocaba una sensación vertiginosa y me invadía la impaciencia por descubrir qué había encerrado en él. Así que, cuando llegó a mi mesa, después de que mis compañeras lo manosearan y lo hojearan, lo abrí rápidamente y deslicé mi mirada por sus páginas. Lo primero y último que leí fue suficiente para que algo estallara dentro de mí. Para ser consciente de que las piezas no encajaban. Algo fallaba e intuía que no era yo.

“La mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para los talentos varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho”.*

Todavía me sorprende que yo, con mis 12 años, fuera capaz de darme cuenta de la crueldad y la infamia que escondían esas palabras aparentemente inocentes. Cuando llegué ese día a casa, me metí en mi cuarto y me tumbé en la cama, sumida en mis pensamientos, que corrían de un lado a otro de mi mente sin ton ni son. Este fue, más o menos, mi razonamiento:

“Las mujeres nunca descubren nada. Mi madre es una mujer. Todas las noches me descubre historias fantásticas y, a veces, si le suplico mucho, se inventa otras nuevas para mí. Yo creo que eso es crear… Papá, sin embargo, aunque trabaja muchas horas para mantenernos, siempre llega tarde a casa y huele muy fuerte. A veces nos grita a mamá y a mí, mientras que al hermano le da palmadas en la espalda. Nunca me cuenta cuentos porque dice que eso es de mujeres y maricones”.

Ese texto en el que dejaban claro cuál debía ser el papel de la mujer no era lo primero que había leído o escuchado sobre el tema. Durante toda mi existencia había escuchado en casa, en clase y en la calle eso de que las mujeres eran menos que los hombres, que debían servirles en todo porque ellos ya se ganaban el pan para toda la familia. Recuerdo cómo me sorprendía que, cuando mi madre necesitaba sacar dinero, tenía que pedirle a mi padre un permiso firmado. ¿No era eso lo que los niños les pedíamos a nuestros padres cuando salíamos de excursión con el colegio? No entendía muy bien, porque de lo que estaba segura era de que mi madre no era una niña y de que mi padre era precisamente eso, mi padre, no el suyo.

Mientras anochecía, pensaba en cómo mi madre había llorado de cansancio cuando, embarazada de mi hermano Pedro, tenía que subir los seis pisos cargada con las bolsas de la compra. Cómo derramaba lágrimas silenciosas mientras le preparaba la cena a papá y cómo, cuando me daba las buenas noches, ella se iba a terminar las tareas del hogar. A mí eso no me parecía propio de una persona débil. Mi madre era muy fuerte, era divertida y risueña… Aunque es cierto que sólo cuando compartía esos ratos nocturnos conmigo. El resto del día estaba seria y con la mirada perdida. Aunque eso no hacía que estuviera menos guapa. No entendía cómo mi abuela paterna podía decirle que parecía que tenía 80 años.

Recuerdo que en ese momento entró mi madre, para avisarme de que la cena estaba lista. No me había dado cuenta, pero había empezado a llorar. Mamá, preocupada, se acercó rápidamente a mi cama y me preguntó, asustada, qué me pasaba. La abracé fuerte como nunca lo había hecho y le dije lo guapa que era, lo mucho que nos cuidaba a todos y lo que me gustaban sus cuentos. Ella, sin entender nada, asentía mientras me mecía en sus brazos. Cuando nos separamos, sus ojos estaban vidriosos aunque una tierna sonrisa adornaba sus labios. Fue entonces cuando le prometí que algún día las mujeres podrían escribir cuentos fantásticos para que los niños del mundo que no tuvieran madre pudieran soñar y ser tan felices como yo lo era cuando ella me leía.

Hoy, 60 años después, he venido a la residencia en la que se encuentra mi madre a enseñarle la medalla que he recibido al haber ganado el Premio Nobel en Literatura por mis cuentos infantiles. “Te lo dije”, le digo suavemente. Ella sonríe, aunque no sabe quién soy.

* El fragmento es de Pilar Primo de Rivera.

Día de la Mujer

El periodista noticioso

Évole vuelve a ser noticia. Vuelve a estar en la boca de todo el mundo, y a alcanzar increíbles picos de audiencia (hasta 6,2 millones de espectadores).

Nos llega con un documental llamado “Operación Palace” sobre el 23F, un tema muy controvertido del que se sabe muy poco, con una versión de los hechos totalmente diferente a lo que se ha escuchado hasta ahora y con personalidades del mundo del Periodismo y de la Política que aportan credibilidad a su mensaje.

El mensaje resultó ser una mentira perfectamente estructurada en un guion, y el esperado documental un mockumentary o falso documental.

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El hecho de que tanta gente lo haya creído, y al descubrir la realidad se haya sentido engañada, pone de manifiesto que la audiencia tiene una tara: cierta carencia de sentido crítico.

Nos encontramos ante una masa de espectadores que reciben una serie de informaciones disparatadas e ilógicas sobre un suceso, y las creen sin cuestionarlas demasiado, pasando por alto todo tipo de mensajes irónicos y muy propios de la ficción colocados estratégicamente con la idea de que el espectador despierte.

Una masa que, en cualquier caso, cree cosas increíbles porque se ha acostumbrado a una realidad esperpéntica y opaca, en la que casi todo tiene cabida, inclusive vírgenes siendo condecoradas con medallas policiales por el Ministerio de Interior. 

Ante eso, y ante la situación de no tener acceso a fuentes jurídicas del caso que permitieran acercar al periodista a la realidad, un mockumentary es una forma mordaz de hacer una crítica al sistema opaco y al ciudadano crédulo.

Otro muerto qué más da

“Otro muerto, otro muerto

 ¿qué más da?

Si está muerto que lo entierren y ya está.

[…]

Otro muerto, pero tiene su por qué.

Algo ha hecho, y si no pregúntale”.

Me ha venido a la mente la citada canción de Mecano, mientras leía cómo Rubalcaba pregunta a Rajoy quién dio la orden de disparar contra los inmigrantes que intentaban llegar a España nadando, y Rajoy responde -pero a Marcelino Iglesias- con una cita que dijo el PSOE en 2005 cuando murieron dos inmigrantes al intentar cruzar la frontera.

Venía a decir que “en estos últimos tiempos parece ser que hay determinados sectores que quieren hacer a la Guardia Civil sospechosa de no sé qué comportamientos y yo me niego totalmente”.

El desprecio me parece tan abrumador que no sé muy bien cómo describirlo.

Desprecio hacia los muertos, y hacia todos los seres humanos que se juegan la vida empujados por unas condiciones de vida tan miserables que, al menos yo, no sé si me puedo llegar a imaginar.

Desprecio en el cinismo de las palabras de Rajoy y en sus políticas.

En la implantación de las concertinas.

En la vulneración constante de la ley con las llamadas “devoluciones en caliente” de inmigrantes, sin asistencia médica ni derecho a ser atendidos como posibles refugiados.

Problema que se está tratando de resolver cambiando la ley para poder devolver a los inmigrantes sin atenderlos previamente.

Es decir, no penalizamos a aquellos que incumplen la ley, sino que modificamos la ley para que lo que hacen sea legal. En la buena dirección.

En el espectáculo circense de que el director de la Guardia Civil diga que no se utilizó material antidisturbios, y luego el ministro de Interior diga que sí.

En el hecho de salir a responder sobre el asunto tras casi dos semanas de silencio -y poco son dos semanas para lo que acostumbra- para parafrasear algo que dijo el partido de la oposición ocho años atrás. Viniendo, además, a decir que no tiene ningún interés en depurar responsabilidades.

No está nada claro que la Guardia Civil actúe bajo el marco de la legalidad -por no decir que queda constantemente de manifiesto que no lo hace en ciertas ocasiones-, lo que sí está claro es que hay muertes que podrían haberse evitado.

Sólo de esta, quince.

Quizás el Gobierno debería replantearse a quién respaldar y a quién dar la espalda.

Krokodil, un peligroso sustituto de la heroína

El consumo de krokodil, una potente droga derivada de la desomorfina -opiáceos- presenta consecuencias devastadoras en los toxicómanos. Se consume fundamentalmente en Rusia, donde la heroína tiene un precio especialmente elevado. 

 

La heroína acaba con la vida de alrededor de 30.000 personas al año en Rusia, lo que supone un tercio del total de los muertos a causa de la droga, según The Independent. Entre los toxicómanos rusos se ha disparado el consumo de krokodil en los últimos diez años principalmente por su bajo coste.

Se trata de una potente droga, perteneciente al grupo de los opiáceos, cuyos efectos son similares a los de la heroína. Su base es la desomorfina, sustancia que se sintetiza fácilmente a partir de la codeína. Un adicto puede “cocinar” su dosis mezclando la citada codeína -que se obtiene sin receta en las farmacias de muchos países- con ingredientes tan tóxicos como puede ser la gasolina, diluyente de pintura, o ácido clorhídrico.

El fácil acceso a la droga es lo que la hace atractiva para los toxicómanos, pues una dosis de krokodil puede llegar a resultar entre tres y cinco veces más barata que una de heroína.

 

Sin embargo, sus consecuencias son absolutamente devastadoras. La piel del adicto -en las áreas donde se inyecta la sustancia- se vuelve de color grisáceo, putrefacta, ya que la droga no se diluye del todo en la sangre y daña las venas, de manera que el tejido de alrededor muere y cae, dando lugar a un aspecto “escamoso” que recuerda a la piel de los reptiles y se cree que da nombre a la droga.

A pesar de que en Rusia se lleva consumiendo años, algunos casos aislados y poco claros en Estados Unidos, y Suramérica han hecho saltar las alarmas, y en los últimos meses se han disparado las historias y los vídeos sobre sus efectos en la red.

Así, no es difícil encontrar fotografías totalmente desproporcionadas sobre los efectos de la sustancia, más propias del ámbito de la ciencia ficción.

Los medios de comunicación muestran cierta preocupación por una posible expansión o normalización de su consumo y advierten de los riesgos que conlleva.

Sin embargo, los casos a los que hacen referencia no están comprobados -según Chicago Tribune– y los síntomas que presentan, tales como el aspecto putrefacto de la piel, podrían haber sido causados por infecciones, fruto de un mal uso o reutilización de las agujas al consumir heroína, y no necesariamente krokodil.

Por otra parte, expertos en salud pública afirman que es poco probable que su uso se expanda más allá de las zonas en las que se ha consumido tradicionalmente.