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Tribus del Valle del Omo

Esta galería contiene 17 fotos.

El valle bajo del Omo se sitúa en Etiopía, cerca de la frontera con Kenia. En él se han encontrado restos de homínidos de millones de años de antigüedad, entre los que se encuentran los fósiles más antiguos conocidos de … Sigue leyendo

Abda

Juan Rulfo

Como cada semana y una vez realizadas las tareas del hogar, Abda se había vestido con aquellos ropajes que llevaban las mujeres de su pueblo y que desde pequeña ella también había lucido. Nunca le habían gustado porque, según decía, la agobiaban y reducían su libertad de movimiento. Tampoco entendía qué había de malo en mostrar sus brazos, sus piernas, su larga cabellera de color azabache. Sin embargo, teniendo diez años, se negó ferozmente a vestirlos porque el calor de ese día era insoportable. La bofetada que le propinó su padre la dejó sin conocimiento diez minutos y, desde entonces, jamás volvió a mostrar reticencia.

Mientras caminaba por aquellas tierras secas y pedregosas bajo un sol inclemente pensaba en lo afortunada que era por haber convencido a su marido de que la dejase ir sola a casa de Aháva, su mejor amiga. Antes, él la acompañaba hasta la misma puerta y, tras mirar con desprecio a Aháva, se iba tras escupir en su porche. Pero Abda había conseguido hacerle entender que era absurdo que fuera con ella cuando sus casas estaban a diez metros de distancia.

Cuando llegó a casa de su amiga, las dos cumplieron debidamente con el ritual que se habían impuesto. Se dirigían hacia la cocina, donde había una ventana que daba al patio interior de Aháva. Al cabo de unos minutos, mientras tomaban té de pasas, bajaban un poco la persiana. Y por fin, por fin, ambas podían relajarse y deshacerse del velo y de la pesada vestimenta que las oprimía.

– No aguanto más, Abda. Te lo juro.

– Pero, ¿por qué? ¿Por qué no te contentas con lo que tenemos? ¿Acaso quieres que nos maten? Recuerda que tengo tres hijas a las que no quiero ni puedo abandonar.

– Nadie ha dicho que las abandones. Nunca te pediría eso. Esas niñas son como mis hijas.

– ¿Entonces?

– Llevémoslas con nosotras. Saquémoslas de este sitio despiadado, cruel, falto de toda razón y toda lógica.

– Me gustaría ver las cosas como tú las ves. Tan fáciles, tan rápidas. Tan indoloras. Esto no es como en tus libros de fantasías y amores libres: esto es la vida real. Nuestra vida.

– Mira, Abda, las cosas son como queramos que sean. ¿Quieres seguir siendo presa de esta sociedad donde eres considerada menos que un animal? ¿Una sociedad que, por gracia divina, ha decidido que no vales nada y que te lo recuerda día tras día? ¿Por qué te crees que llevas… que llevamos esta ropa? ¿Por qué tuviste que llorarle a tu marido para que te dejase andar diez metros sola? ¿Por qué te acuestas con tu marido si te da asco? Y, sobre todo, ¿quieres todo eso para tus hijas?

En ese momento Abda empezó a llorar. No era nada nuevo, pues cada semana pasaba lo mismo: ella llegaba con la ilusión de compartir un rato con Aháva, de olvidar sus miedos, de que ella curase sus heridas físicas y mentales… Pero Aháva, con esa mente libre encarcelada en un cuerpo repleto de cicatrices grabadas a fuego –su ex marido le había arrojado aceite hirviendo por negarse a mantener relaciones con él- siempre aprovechaba para soltarle ese sermón que había aprendido de esos libros que escondía en el altillo. Y el ritual se repetía, como en una historia maldita en la que sus personajes están condenados a repetir el mismo día para siempre.

Aháva se acercó a Abda y le apartó el mechón que tapaba sus enormes ojos color oliva. Mirándola intensamente a los ojos, casi atravesándola, le juró que nunca jamás la dejaría sola y que las dos, junto con las niñas, conseguirían un día ser libres. No sabía cómo, pero así sería.

Y, como siempre desde que eran niñas, enroscaron sus lenguas mientras se fundían en un abrazo sanador y se regalaban mutuamente caricias reparadoras. Una hora después, Abda regresaba a su casa con la mirada perdida, el rostro compungido y el alma henchida.

*La fotografía es de Juan Rulfo.

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Rostros

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El ojo