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El flaco de Úbeda

“A mí me gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, charlar con los amigos de verdad, enamorarme de verdad; y cuando pones tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas lleno de cicatrices”.

(Joaquín Sabina)

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Si hay algo más importante en mi vida -musicalmente- que los Beatles es el flaco de Úbeda. He crecido tomándome su poesía como una filosofía sobre la que he cimentado la mayoría de mis principios.

No soy una fan, soy una estudiosa de Sabina.

Hago mías sus palabras sin darme cuenta. Lo cito sin darme cuenta. Me refiero a él todo el tiempo, sin nombrarlo ni ser consciente muchas de las veces.

El omnipresente flaco de Úbeda.

Siempre digo que forma parte de mi familia pero en realidad de lo que forma parte es de mí, de muchas de las cosas que soy.

¿Podemos volver?

¿Podemos volver

a desabrocharnos la piel

el uno al otro

y mirarnos por dentro?

 

¿Podemos volver

a enroscarnos como anacondas

de madrugada

en cualquier antro de esta ciudad que marchita?

 

¿Podemos volver 

a mirarnos así

justo antes de que se nos imanten las bocas

y se nos desdibuje el contexto?

Hay cosas que no quiero romper

La pasión es una ruina
y el amor es otra cosa
que no han tenido el placer de presentarme.
 
Sé que existe
sólo porque es la mitad
del desamor.
Y porque algo de él
hay en todos los sufrimientos.
 
Vengo a decirte lo que ya no podré decirte nunca.
 
Si te abraza el aire
sigo siendo yo
con esta sangre por la que corres
para agarrarte a los latidos
y convulsionarme cada minuto de existencia.
 
Me he malbaratado tantas veces,
me he vendido tanto siendo tan joven,
que este no vivir -o desvivirme-
es casi una rutina
a la que ya no me resisto.
 
Vengo a decirte lo que ya no podré decirte nunca.
 
Sigo siendo yo,
igual de descarnada
con la piel dada la vuelta
y los ojos siempre a punto de estallar en agua.
 
Si algún día me piensas,
si algún día te miras al pecho,
sigo siendo yo
al otro lado del planeta
con el teléfono en la mano
esperando a que algo pase en tu cabeza
y me llames.
 
Y sigo estando hundida
en el vacío de tu lado de la cama.
 
Sigo siendo yo
sólo que ahora
estoy un poco más callada
porque hay cosas que no quiero romper.
Cita

“LA PLUMA…

La pluma es más poderosa que la espada. 

Edward Bulwer-Lytton

Cita

“SI NOS EXASPERAMOS…

Si nos exasperamos los unos a los otros acabaremos formando partidos, cuando no necesitamos más que uno: el de la Razón.

Georges-Jacques Danton

Nublado

Diciembre está llegando y, tras un “noviembre dulce”, llegan las luces de Navidad. Y las odio. Las odio porque eclipsan mi propia luz y hacen que se me nublen las ideas. Es irónico porque, hace no tantos años, eran esas luces las que, junto a la mía, resplandecían en los ojos de todo aquel que me contemplaba. ¿Dónde quedó esa ilusión…? Se fue marchitando mientras los años se sumaban, imparables y sin piedad.

Sin preguntar.

A ella se le rebosaron los sentimientos y no supo volverlos a encauzar. Se puso las gafas de sol y dejó que la llevase de la mano porque le prometió que si se encontraban con algún obstáculo, la avisaría. Pintó sus días entre lunas que se convertían en soles de verano y miles de lugares por visitar, pero jamás la advirtió de que los colores se le estaban gastando. El error fue que se les rompió el amor de tanto usarlo y que ella, a pesar de las veces que se le empañaron las gafas, nunca se las quitó.

Para él, simplemente fue una especie de meta. Era un “imposible” que le desconcertaba de una forma muy dulce. Le tatuó sus miradas, le quemó la piel y se la curó con sal marina. Luego la arropó con un amor impermeable y se fue. Ella escuchaba carcajadas en medio de la madrugada, pero no abría los ojos porque tenía miedo y confiaba en que él la protegería. 

Porque eso también se lo había prometido.

Sinfonías que hacían que el corazón le latiese con fuerza y que sus labios se estiraran. Una voz que incitaba… En realidad no podía culparle. Él nunca le arrebató sus argumentos y se limitaba a dejar caer el peso de un silencio tintado de culpabilidad. Y, en el peor de los casos, borraba los dibujos para luego volverlos a dibujar, aunque ya no eran tan nítidos.

Hasta que dejó de hacerlo.

Esta vez se había ido de verdad, como hizo su ilusión. Los ojos de ella se convirtieron en dos interrogantes vacíos y la garganta se le desgarró de todas las veces que le llamó en silencio. La tinta de los dibujos se había derramado y él decidió que lo mejor sería romper todos los folios, aun sabiendo que con ellos también rompería las fibras de los sentimientos de ella.

Y luego, asesinó a su musa.

29/11/08

1984: la predicción de un sistema

Nunca imaginé lo que se escondía detrás de un nombre tan enigmático. Una vez descubierto, me atrevo a afirmar que este libro debería ser lectura obligatoria para los estudiantes de Bachillerato e, incluso, de los últimos cursos de la ESO.

George Orwell dibuja con contornos extremadamente precisos el relato de una sociedad basada en un control llevado a tal extremo que las conciencias y las mentes de sus habitantes quedan sometidas y manipuladas hasta límites increíbles. Para ello, existen una serie de organismos e instituciones encargadas de encorsetar la sociedad hasta dejar a una parte de ella prácticamente sin respiración, porque a la otra parte –conocidos como proles– ni siquiera la consideran lo suficientemente inteligente como para preocuparse porque se rebelen contra el sistema. El desprecio hacia ellos es constante, intenso e insultante durante todo el libro.

En esta sociedad existe un único personaje político relevante, pues los demás sólo son lacayos de éste. Esta figura es el Gran Hermano, que hace las veces de rey, de jefe supremo, de guardián y de dios, entendido en sentido absoluto. Él representa los ideales del Partido Único, que vigila las actividades cotidianas de la población mediante telepantallas. Se trata de un dispositivo de vigilancia instalado tanto en las casas como en las calles y que detecta simples cambios en el rostro que puedan indicar algún tipo de pensamiento incómodo o la realización de actividades no permitidas por el Partido.

El Partido está integrado por toda la población, exceptuando, por supuesto, a los proles, considerados animales y que son la grandísima mayoría. En esta organización, hasta los hijos de los miembros del Partido participan en las actividades que realizan sus padres, siendo los favoritos de los “grandes jefes”, pues se les enseñaba a delatar a sus padres. Un ejemplo concreto es una niña que denuncia la traición de su padre al Partido mientras soñaba. Al parecer, el hombre dijo algo que no debería haber dicho. Sin embargo, no mostraba enfado ninguno, sino que por el contrario se mostraba orgulloso de su pequeña.

Una de las actividades del Partido es lo que se denomina como Dos Minutos de Odio, durante los cuales se vocifera amargamente contra un supuesto enemigo y estando sus palabras cargadas de un fanatismo más que alarmante, penoso. Haciendo esto se libra uno de la Policía del Pensamiento, que no tiene motivos para sospechar que se es un disidente.

El eje central de la novela es Winston Smith, trabajador de uno de los ministerios que existen en la novela, el Ministerio de la Verdad, encargado de reescribir la historia por completo, desde documentos gráficos hasta libros de texto, todo ello para hacer que el pasado coincida con la versión oficial del Estado. A causa de su trabajo, se da cuenta de que lo que hace no es más que contribuir a una farsa de enormes proporciones creada por el Partido Único, pues a su mente acuden sucesos de un pasado no muy lejano, pero del que apenas quedan evidencias. Sin embargo, la conciencia de que algo malo está ocurriendo le lleva a ser víctima del Partido y a sufrir un lavado de cerebro en términos más que literales.

1984 contiene fragmentos que bien podrían haber sido escritos ayer mismo y no en 1948:

“[…] Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleadas con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático -produciendo riqueza que no había más remedio que distribuir-, elevó efectivamente la máquina el nivel de vida de las gentes que vivían a mediados de siglo. Estas gentes vivían muchísimo mejor que las de fines del siglo XIX.

Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción -era ya, en sí mismo, la destrucción- de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad.

Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en la que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia […]”.

Lo que sentí al acabar 1984 fue miedo. Miedo porque hay cosas de nuestra realidad que recuerdan muchísimo a la sociedad descrita por Orwell a mediados del siglo pasado. Para ilustrar esto, sólo hablaré de la neolengua, una nueva lengua creada por el Partido en la que se reduce de forma drástica el léxico y se crean nuevas palabras bajo el lema de que “lo que no forma parte de la lengua, no puede ser pensado”. Se dice que Orwell se basó en la propaganda nazi y soviética del momento.

¿De de cuántas formas y con qué palabras se dirigen nuestros dirigentes a la población? ¿Cuántos sinónimos utilizan para hablar de recortes y repagos? ¿Tan diferente es nuestra sociedad a la de 1984?