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Lo mágico de las calles grises

Londres. El maldito canto de su viento, que se incrusta en el cerebro y te vuelve loco. Su niebla, que no suele ser otra cosa que mierda disuelta en el aire. Sus vagones de metro abandonados en el extrarradio. Sus zorras. Sus yonquis. Su puta manía de madrugar por las mañanas. Su cielo encapotado. Sus palizas en callejones oscuros. Su subsuelo agujereado. Sus “te llamaré”.

Sus ocho millones de almas a viviendo a un ritmo vertiginoso que rara vez se tocan y jamás se miran a los ojos.

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Esta ciudad que ha enterrado ríos bajo asfalto, que maltrata, que te echa en cara las pisadas, que te convierte en mota de polvo y se ríe de ti, de tus debilidades, de tu inseguridad y de sus consecuencias.

Este gigante levantado sobre fango a lo largo de los siglos, que te ofrece todo para después no ponerte fácil nada.

Este mirar hacia arriba con la mandíbula desencajada ante una ciudad pionera en todo, con una historia de terror en cada esquina.

Este arsenal de ilusiones entremezcladas con desamparo, que lo siente todo, que lo mira todo, que te echa el aliento en la nuca, que te da una patada en el culo cuando ya te ha dejado sin nada y tú te largas dejándote un trozo de corazón en alguna acera del Soho.

Este síndrome de Estocolmo.

Este enamorarse de una puta.

Londres te embriaga, te suelta en escena, y se sienta a mirarte con socarronería. A ver qué haces, a ver cuánto tiempo aguantas hasta pegarte un tiro, o enamorarte perdidamente de su reto y de tu condena.

A cambio, te lo da todo.

Si tienes la fortaleza de una fiera, y la forma de mirar de un niño, te lo da todo.

Otra utopía periodística

Un pensamiento fugaz cruzó mi mente mientras leía este artículo de Soledad Gallego-Díaz, escrito en 1994. Ya entonces se era consciente de lo nocivo que resultaba el periodismo de declaraciones para el Periodismo con mayúsculas. Aquel consiste en un ansia desmedida por plasmar, tal cual, todo aquello que dicen las autoridades y los dirigentes políticos, casi sin ton ni son. Aunque no aporten nada nuevo, aunque sólo sea mera autopropaganda. Así se rellenan muchos huecos en los periódicos de información general, así se manchan esas hojas que tan caras nos salen en términos ecológicos.

Me pregunto si no sería mejor tener unos periódicos más finos, con menos páginas, pero que todas ellas sean útiles y nos aporten la información –y también el entretenimiento, pues no son excluyentes- necesaria para formarnos como ciudadanos y hacernos más libres. ¿Por qué no sólo veinte, treinta páginas, pero repletas de reportajes, de análisis, de investigaciones que aporten algo nuevo y contribuyan a la defensa de la democracia? Un periodismo de calidad y al servicio de la ciudadanía es imposible si los periodistas se ven abrumados por la cantidad de comunicados, invitaciones a ruedas de prensa y declaraciones vacías que se supone que deben cubrir. Este trabajo rutinario, aunque necesario, no debería ser primordial, les quita tiempo, energía y ganas  a los periodistas para dedicarse a aquello por lo que se considera al periodismo como la profesión más hermosa del mundo: la investigación, la interpretación del mundo en el que vivimos, la denuncia de hechos execrables.

periodismo de declaracionesLos periódicos no pueden quejarse porque cada vez vendan menos. Con un poder adquisitivo cada vez más reducido, la gente no va a gastarse el dinero en un producto que no aporta nada nuevo, que en muchas ocasiones se convierte en una tribuna desde la que los políticos se contestan unos a otros, en un diálogo necrótico y enfangado que cada vez importa menos a la ciudadanía.

Claro está que, a veces, cuando alguien se atreve a salirse de la norma, le tiran piedras. Pero así es como se avanza, como se cambian las cosas. Como en este caso:

“[…] A veces hace falta mucha convicción. Como la que tuvieron varias cadenas de televisión norteamericanas que el 4 de junio de 1992 se negaron a retransmitir en directo una rueda de prensa del presidente George Bush porque estimaron que no aportaba nada nuevo      .

El discurso de Bush fue recogido brevemente, y como quinta noticia, en los servicios informativos. Conste que algunos telespectadores protestaron.”

Aunque, claro, ya se sabe que esto de cambiar las cosas y de ir hacia delante no suele gustarles a los dueños de los medios de comunicación, cuyos intereses no coinciden en lo más mínimo con los de la ciudadanía y la democracia.

Mientras tanto, yo seguiré soñando e intentando contribuir a esta utopía periodística para que pronto deje de serlo.

El flaco de Úbeda

“A mí me gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, charlar con los amigos de verdad, enamorarme de verdad; y cuando pones tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas lleno de cicatrices”.

(Joaquín Sabina)

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Si hay algo más importante en mi vida -musicalmente- que los Beatles es el flaco de Úbeda. He crecido tomándome su poesía como una filosofía sobre la que he cimentado la mayoría de mis principios.

No soy una fan, soy una estudiosa de Sabina.

Hago mías sus palabras sin darme cuenta. Lo cito sin darme cuenta. Me refiero a él todo el tiempo, sin nombrarlo ni ser consciente muchas de las veces.

El omnipresente flaco de Úbeda.

Siempre digo que forma parte de mi familia pero en realidad de lo que forma parte es de mí, de muchas de las cosas que soy.

El periodista noticioso

Évole vuelve a ser noticia. Vuelve a estar en la boca de todo el mundo, y a alcanzar increíbles picos de audiencia (hasta 6,2 millones de espectadores).

Nos llega con un documental llamado “Operación Palace” sobre el 23F, un tema muy controvertido del que se sabe muy poco, con una versión de los hechos totalmente diferente a lo que se ha escuchado hasta ahora y con personalidades del mundo del Periodismo y de la Política que aportan credibilidad a su mensaje.

El mensaje resultó ser una mentira perfectamente estructurada en un guion, y el esperado documental un mockumentary o falso documental.

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El hecho de que tanta gente lo haya creído, y al descubrir la realidad se haya sentido engañada, pone de manifiesto que la audiencia tiene una tara: cierta carencia de sentido crítico.

Nos encontramos ante una masa de espectadores que reciben una serie de informaciones disparatadas e ilógicas sobre un suceso, y las creen sin cuestionarlas demasiado, pasando por alto todo tipo de mensajes irónicos y muy propios de la ficción colocados estratégicamente con la idea de que el espectador despierte.

Una masa que, en cualquier caso, cree cosas increíbles porque se ha acostumbrado a una realidad esperpéntica y opaca, en la que casi todo tiene cabida, inclusive vírgenes siendo condecoradas con medallas policiales por el Ministerio de Interior. 

Ante eso, y ante la situación de no tener acceso a fuentes jurídicas del caso que permitieran acercar al periodista a la realidad, un mockumentary es una forma mordaz de hacer una crítica al sistema opaco y al ciudadano crédulo.

Otro muerto qué más da

“Otro muerto, otro muerto

 ¿qué más da?

Si está muerto que lo entierren y ya está.

[…]

Otro muerto, pero tiene su por qué.

Algo ha hecho, y si no pregúntale”.

Me ha venido a la mente la citada canción de Mecano, mientras leía cómo Rubalcaba pregunta a Rajoy quién dio la orden de disparar contra los inmigrantes que intentaban llegar a España nadando, y Rajoy responde -pero a Marcelino Iglesias- con una cita que dijo el PSOE en 2005 cuando murieron dos inmigrantes al intentar cruzar la frontera.

Venía a decir que “en estos últimos tiempos parece ser que hay determinados sectores que quieren hacer a la Guardia Civil sospechosa de no sé qué comportamientos y yo me niego totalmente”.

El desprecio me parece tan abrumador que no sé muy bien cómo describirlo.

Desprecio hacia los muertos, y hacia todos los seres humanos que se juegan la vida empujados por unas condiciones de vida tan miserables que, al menos yo, no sé si me puedo llegar a imaginar.

Desprecio en el cinismo de las palabras de Rajoy y en sus políticas.

En la implantación de las concertinas.

En la vulneración constante de la ley con las llamadas “devoluciones en caliente” de inmigrantes, sin asistencia médica ni derecho a ser atendidos como posibles refugiados.

Problema que se está tratando de resolver cambiando la ley para poder devolver a los inmigrantes sin atenderlos previamente.

Es decir, no penalizamos a aquellos que incumplen la ley, sino que modificamos la ley para que lo que hacen sea legal. En la buena dirección.

En el espectáculo circense de que el director de la Guardia Civil diga que no se utilizó material antidisturbios, y luego el ministro de Interior diga que sí.

En el hecho de salir a responder sobre el asunto tras casi dos semanas de silencio -y poco son dos semanas para lo que acostumbra- para parafrasear algo que dijo el partido de la oposición ocho años atrás. Viniendo, además, a decir que no tiene ningún interés en depurar responsabilidades.

No está nada claro que la Guardia Civil actúe bajo el marco de la legalidad -por no decir que queda constantemente de manifiesto que no lo hace en ciertas ocasiones-, lo que sí está claro es que hay muertes que podrían haberse evitado.

Sólo de esta, quince.

Quizás el Gobierno debería replantearse a quién respaldar y a quién dar la espalda.

La arruga

Nunca me han parecido de fiar aquellas personas que se horrorizan cuando ven una arruga o que incluso se refieren a las arrugas de alguien de forma despectiva. No me parecen de fiar porque no entiendo qué le ven de malo a haber vivido –con todo lo que eso significa- y que quede muestra de ello.

No sé muy bien qué ha llevado a que socialmente veamos estas marcas como algo negativo y de lo que avergonzarse. ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? Quizá lo empezamos a ver como algo malo y la industria vio un filón para hacer dinero. O tal vez fue esta última la que decidió que las arrugas eran feas, que había que erradicarlas y que para ello utilizarían a mujeres y hombres a los que presentarían con caras más lisas que las de un bebé. Todo ello con la intervención divina del Santísimo Photoshop. Pero esto no te lo dicen, claro. Se perdería la magia.

El caso es que no pasa un corte publicitario en el que no anuncien una milagrosa crema que elimina las arrugas desde el primer uso. Porque “los signos de envejecimiento” hay que ocultarlos. Porque un hombre o mujer con sesenta años tienen que tener la misma piel que cuando tenían diez. Por supuesto. Para entender lo antinatural que me parece y la grima que me da, siempre pongo el mismo ejemplo: un niño con arrugas. De esto nos escandalizaríamos, como es lógico, porque va en contra de la naturaleza. Sin embargo, ver pieles en las que no hay ni rastro de vida o siquiera de expresión, es de lo más natural. Así de potentes son la publicidad y el marketing. O así de imbéciles somos nosotros.

No estoy diciendo que no tengamos que cuidar nuestra piel, sobre todo porque está sometida a un estilo de vida poco saludable, a contaminación de todo tipo y a alimentos de todo menos naturales. No me refiero a las cremas hidratantes que palian un poco estos excesos. Me refiero a esas cremitas que cuestan una pasta y que tienes que echarte por la mañana y por la noche*, en un afán de eliminar esas líneas, no se vayan a dar cuenta de que has reído y llorado.

Esos surcos en la piel son nuestro cuaderno de bitácora. Las arrugas son el recuerdo de cuando los entornábamos mientras paseábamos por la playa y el sol nos daba de frente; o de cuando intentábamos divisar la figura de alguien querido en la lejanía. O de cuando reíamos hasta llorar por las cosquillas que nos hacían nuestros padres cuando éramos pequeños. O de cuando llorábamos hasta reír porque queríamos enfadarnos con nuestro hermano pero él o ella ponían una cara graciosa y ya no podíamos continuar con nuestro enfurruñamiento. O de cuando, simplemente, lloramos de rabia o porque perdimos cosas, personas, oportunidades que nunca más volvieron. O de cuando las comisuras de nuestros labios se estiraban tanto que dolían porque habíamos recibido una buena noticia o porque, sencillamente, nos sentíamos bien.

O de cuando…

Martin Langer

*Siempre he creído que esto no es necesario, sino que lo indican para que el producto se acabe antes. Pero esto es cosa mía.