Archivo de la categoría: POLÍTICA

Mi madre

En 1956 yo tenía 12 años. Ya entonces podía adivinarse en mí lo que en el futuro sería mi sello distintivo. Era una niña curiosa, inquieta y, sobre todo, muy preguntona. Si le preguntas a la hermana Manuela, mi profesora del colegio, te diría que yo era una descarada. Una vez, mientras me confesaba, le conté que había soñado que Dios no existía y, tras poner cara de horror, empezó a chillar, para que todas la oyeran, que yo estaba maldita. Cuando hacía esas cosas, yo me acordaba de lo que tantas noches me repetía mi madre: “No debes enfrentarte a ella. Pero por dentro puedes pensar lo que quieras: la puedes insultar, le puedes hacer burla… Recuerda que tu mente es libre”.  Y eso es lo que hacía. Aunque tenía que disimular, porque a veces se me escapaba una risilla.

En esa época había muchos libros interesantes que, sin embargo, estaban prohibidos. Mi madre escondía un buen montón en el altillo y, a veces, cuando todos se habían ido a dormir, los leíamos juntas. Me encantaban esos momentos y las historias tan maravillosas que esas páginas me ofrecían. Por eso no podía entender por qué otros libros, sin duda más aburridos, eran de lectura obligatoria en clase.

Un buen día, la hermana Manuela nos trajo un ejemplar de un libro que, según decía, acababa de ser publicado. El olor a nuevo de los libros me provocaba una sensación vertiginosa y me invadía la impaciencia por descubrir qué había encerrado en él. Así que, cuando llegó a mi mesa, después de que mis compañeras lo manosearan y lo hojearan, lo abrí rápidamente y deslicé mi mirada por sus páginas. Lo primero y último que leí fue suficiente para que algo estallara dentro de mí. Para ser consciente de que las piezas no encajaban. Algo fallaba e intuía que no era yo.

“La mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para los talentos varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho”.*

Todavía me sorprende que yo, con mis 12 años, fuera capaz de darme cuenta de la crueldad y la infamia que escondían esas palabras aparentemente inocentes. Cuando llegué ese día a casa, me metí en mi cuarto y me tumbé en la cama, sumida en mis pensamientos, que corrían de un lado a otro de mi mente sin ton ni son. Este fue, más o menos, mi razonamiento:

“Las mujeres nunca descubren nada. Mi madre es una mujer. Todas las noches me descubre historias fantásticas y, a veces, si le suplico mucho, se inventa otras nuevas para mí. Yo creo que eso es crear… Papá, sin embargo, aunque trabaja muchas horas para mantenernos, siempre llega tarde a casa y huele muy fuerte. A veces nos grita a mamá y a mí, mientras que al hermano le da palmadas en la espalda. Nunca me cuenta cuentos porque dice que eso es de mujeres y maricones”.

Ese texto en el que dejaban claro cuál debía ser el papel de la mujer no era lo primero que había leído o escuchado sobre el tema. Durante toda mi existencia había escuchado en casa, en clase y en la calle eso de que las mujeres eran menos que los hombres, que debían servirles en todo porque ellos ya se ganaban el pan para toda la familia. Recuerdo cómo me sorprendía que, cuando mi madre necesitaba sacar dinero, tenía que pedirle a mi padre un permiso firmado. ¿No era eso lo que los niños les pedíamos a nuestros padres cuando salíamos de excursión con el colegio? No entendía muy bien, porque de lo que estaba segura era de que mi madre no era una niña y de que mi padre era precisamente eso, mi padre, no el suyo.

Mientras anochecía, pensaba en cómo mi madre había llorado de cansancio cuando, embarazada de mi hermano Pedro, tenía que subir los seis pisos cargada con las bolsas de la compra. Cómo derramaba lágrimas silenciosas mientras le preparaba la cena a papá y cómo, cuando me daba las buenas noches, ella se iba a terminar las tareas del hogar. A mí eso no me parecía propio de una persona débil. Mi madre era muy fuerte, era divertida y risueña… Aunque es cierto que sólo cuando compartía esos ratos nocturnos conmigo. El resto del día estaba seria y con la mirada perdida. Aunque eso no hacía que estuviera menos guapa. No entendía cómo mi abuela paterna podía decirle que parecía que tenía 80 años.

Recuerdo que en ese momento entró mi madre, para avisarme de que la cena estaba lista. No me había dado cuenta, pero había empezado a llorar. Mamá, preocupada, se acercó rápidamente a mi cama y me preguntó, asustada, qué me pasaba. La abracé fuerte como nunca lo había hecho y le dije lo guapa que era, lo mucho que nos cuidaba a todos y lo que me gustaban sus cuentos. Ella, sin entender nada, asentía mientras me mecía en sus brazos. Cuando nos separamos, sus ojos estaban vidriosos aunque una tierna sonrisa adornaba sus labios. Fue entonces cuando le prometí que algún día las mujeres podrían escribir cuentos fantásticos para que los niños del mundo que no tuvieran madre pudieran soñar y ser tan felices como yo lo era cuando ella me leía.

Hoy, 60 años después, he venido a la residencia en la que se encuentra mi madre a enseñarle la medalla que he recibido al haber ganado el Premio Nobel en Literatura por mis cuentos infantiles. “Te lo dije”, le digo suavemente. Ella sonríe, aunque no sabe quién soy.

* El fragmento es de Pilar Primo de Rivera.

Día de la Mujer

El periodista noticioso

Évole vuelve a ser noticia. Vuelve a estar en la boca de todo el mundo, y a alcanzar increíbles picos de audiencia (hasta 6,2 millones de espectadores).

Nos llega con un documental llamado “Operación Palace” sobre el 23F, un tema muy controvertido del que se sabe muy poco, con una versión de los hechos totalmente diferente a lo que se ha escuchado hasta ahora y con personalidades del mundo del Periodismo y de la Política que aportan credibilidad a su mensaje.

El mensaje resultó ser una mentira perfectamente estructurada en un guion, y el esperado documental un mockumentary o falso documental.

Captura de pantalla 2014-02-25 a las 00.26.59

El hecho de que tanta gente lo haya creído, y al descubrir la realidad se haya sentido engañada, pone de manifiesto que la audiencia tiene una tara: cierta carencia de sentido crítico.

Nos encontramos ante una masa de espectadores que reciben una serie de informaciones disparatadas e ilógicas sobre un suceso, y las creen sin cuestionarlas demasiado, pasando por alto todo tipo de mensajes irónicos y muy propios de la ficción colocados estratégicamente con la idea de que el espectador despierte.

Una masa que, en cualquier caso, cree cosas increíbles porque se ha acostumbrado a una realidad esperpéntica y opaca, en la que casi todo tiene cabida, inclusive vírgenes siendo condecoradas con medallas policiales por el Ministerio de Interior. 

Ante eso, y ante la situación de no tener acceso a fuentes jurídicas del caso que permitieran acercar al periodista a la realidad, un mockumentary es una forma mordaz de hacer una crítica al sistema opaco y al ciudadano crédulo.

Otro muerto qué más da

“Otro muerto, otro muerto

 ¿qué más da?

Si está muerto que lo entierren y ya está.

[…]

Otro muerto, pero tiene su por qué.

Algo ha hecho, y si no pregúntale”.

Me ha venido a la mente la citada canción de Mecano, mientras leía cómo Rubalcaba pregunta a Rajoy quién dio la orden de disparar contra los inmigrantes que intentaban llegar a España nadando, y Rajoy responde -pero a Marcelino Iglesias- con una cita que dijo el PSOE en 2005 cuando murieron dos inmigrantes al intentar cruzar la frontera.

Venía a decir que “en estos últimos tiempos parece ser que hay determinados sectores que quieren hacer a la Guardia Civil sospechosa de no sé qué comportamientos y yo me niego totalmente”.

El desprecio me parece tan abrumador que no sé muy bien cómo describirlo.

Desprecio hacia los muertos, y hacia todos los seres humanos que se juegan la vida empujados por unas condiciones de vida tan miserables que, al menos yo, no sé si me puedo llegar a imaginar.

Desprecio en el cinismo de las palabras de Rajoy y en sus políticas.

En la implantación de las concertinas.

En la vulneración constante de la ley con las llamadas “devoluciones en caliente” de inmigrantes, sin asistencia médica ni derecho a ser atendidos como posibles refugiados.

Problema que se está tratando de resolver cambiando la ley para poder devolver a los inmigrantes sin atenderlos previamente.

Es decir, no penalizamos a aquellos que incumplen la ley, sino que modificamos la ley para que lo que hacen sea legal. En la buena dirección.

En el espectáculo circense de que el director de la Guardia Civil diga que no se utilizó material antidisturbios, y luego el ministro de Interior diga que sí.

En el hecho de salir a responder sobre el asunto tras casi dos semanas de silencio -y poco son dos semanas para lo que acostumbra- para parafrasear algo que dijo el partido de la oposición ocho años atrás. Viniendo, además, a decir que no tiene ningún interés en depurar responsabilidades.

No está nada claro que la Guardia Civil actúe bajo el marco de la legalidad -por no decir que queda constantemente de manifiesto que no lo hace en ciertas ocasiones-, lo que sí está claro es que hay muertes que podrían haberse evitado.

Sólo de esta, quince.

Quizás el Gobierno debería replantearse a quién respaldar y a quién dar la espalda.