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Lo mágico de las calles grises

Londres. El maldito canto de su viento, que se incrusta en el cerebro y te vuelve loco. Su niebla, que no suele ser otra cosa que mierda disuelta en el aire. Sus vagones de metro abandonados en el extrarradio. Sus zorras. Sus yonquis. Su puta manía de madrugar por las mañanas. Su cielo encapotado. Sus palizas en callejones oscuros. Su subsuelo agujereado. Sus “te llamaré”.

Sus ocho millones de almas a viviendo a un ritmo vertiginoso que rara vez se tocan y jamás se miran a los ojos.

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Esta ciudad que ha enterrado ríos bajo asfalto, que maltrata, que te echa en cara las pisadas, que te convierte en mota de polvo y se ríe de ti, de tus debilidades, de tu inseguridad y de sus consecuencias.

Este gigante levantado sobre fango a lo largo de los siglos, que te ofrece todo para después no ponerte fácil nada.

Este mirar hacia arriba con la mandíbula desencajada ante una ciudad pionera en todo, con una historia de terror en cada esquina.

Este arsenal de ilusiones entremezcladas con desamparo, que lo siente todo, que lo mira todo, que te echa el aliento en la nuca, que te da una patada en el culo cuando ya te ha dejado sin nada y tú te largas dejándote un trozo de corazón en alguna acera del Soho.

Este síndrome de Estocolmo.

Este enamorarse de una puta.

Londres te embriaga, te suelta en escena, y se sienta a mirarte con socarronería. A ver qué haces, a ver cuánto tiempo aguantas hasta pegarte un tiro, o enamorarte perdidamente de su reto y de tu condena.

A cambio, te lo da todo.

Si tienes la fortaleza de una fiera, y la forma de mirar de un niño, te lo da todo.

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Mi madre

En 1956 yo tenía 12 años. Ya entonces podía adivinarse en mí lo que en el futuro sería mi sello distintivo. Era una niña curiosa, inquieta y, sobre todo, muy preguntona. Si le preguntas a la hermana Manuela, mi profesora del colegio, te diría que yo era una descarada. Una vez, mientras me confesaba, le conté que había soñado que Dios no existía y, tras poner cara de horror, empezó a chillar, para que todas la oyeran, que yo estaba maldita. Cuando hacía esas cosas, yo me acordaba de lo que tantas noches me repetía mi madre: “No debes enfrentarte a ella. Pero por dentro puedes pensar lo que quieras: la puedes insultar, le puedes hacer burla… Recuerda que tu mente es libre”.  Y eso es lo que hacía. Aunque tenía que disimular, porque a veces se me escapaba una risilla.

En esa época había muchos libros interesantes que, sin embargo, estaban prohibidos. Mi madre escondía un buen montón en el altillo y, a veces, cuando todos se habían ido a dormir, los leíamos juntas. Me encantaban esos momentos y las historias tan maravillosas que esas páginas me ofrecían. Por eso no podía entender por qué otros libros, sin duda más aburridos, eran de lectura obligatoria en clase.

Un buen día, la hermana Manuela nos trajo un ejemplar de un libro que, según decía, acababa de ser publicado. El olor a nuevo de los libros me provocaba una sensación vertiginosa y me invadía la impaciencia por descubrir qué había encerrado en él. Así que, cuando llegó a mi mesa, después de que mis compañeras lo manosearan y lo hojearan, lo abrí rápidamente y deslicé mi mirada por sus páginas. Lo primero y último que leí fue suficiente para que algo estallara dentro de mí. Para ser consciente de que las piezas no encajaban. Algo fallaba e intuía que no era yo.

“La mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para los talentos varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho”.*

Todavía me sorprende que yo, con mis 12 años, fuera capaz de darme cuenta de la crueldad y la infamia que escondían esas palabras aparentemente inocentes. Cuando llegué ese día a casa, me metí en mi cuarto y me tumbé en la cama, sumida en mis pensamientos, que corrían de un lado a otro de mi mente sin ton ni son. Este fue, más o menos, mi razonamiento:

“Las mujeres nunca descubren nada. Mi madre es una mujer. Todas las noches me descubre historias fantásticas y, a veces, si le suplico mucho, se inventa otras nuevas para mí. Yo creo que eso es crear… Papá, sin embargo, aunque trabaja muchas horas para mantenernos, siempre llega tarde a casa y huele muy fuerte. A veces nos grita a mamá y a mí, mientras que al hermano le da palmadas en la espalda. Nunca me cuenta cuentos porque dice que eso es de mujeres y maricones”.

Ese texto en el que dejaban claro cuál debía ser el papel de la mujer no era lo primero que había leído o escuchado sobre el tema. Durante toda mi existencia había escuchado en casa, en clase y en la calle eso de que las mujeres eran menos que los hombres, que debían servirles en todo porque ellos ya se ganaban el pan para toda la familia. Recuerdo cómo me sorprendía que, cuando mi madre necesitaba sacar dinero, tenía que pedirle a mi padre un permiso firmado. ¿No era eso lo que los niños les pedíamos a nuestros padres cuando salíamos de excursión con el colegio? No entendía muy bien, porque de lo que estaba segura era de que mi madre no era una niña y de que mi padre era precisamente eso, mi padre, no el suyo.

Mientras anochecía, pensaba en cómo mi madre había llorado de cansancio cuando, embarazada de mi hermano Pedro, tenía que subir los seis pisos cargada con las bolsas de la compra. Cómo derramaba lágrimas silenciosas mientras le preparaba la cena a papá y cómo, cuando me daba las buenas noches, ella se iba a terminar las tareas del hogar. A mí eso no me parecía propio de una persona débil. Mi madre era muy fuerte, era divertida y risueña… Aunque es cierto que sólo cuando compartía esos ratos nocturnos conmigo. El resto del día estaba seria y con la mirada perdida. Aunque eso no hacía que estuviera menos guapa. No entendía cómo mi abuela paterna podía decirle que parecía que tenía 80 años.

Recuerdo que en ese momento entró mi madre, para avisarme de que la cena estaba lista. No me había dado cuenta, pero había empezado a llorar. Mamá, preocupada, se acercó rápidamente a mi cama y me preguntó, asustada, qué me pasaba. La abracé fuerte como nunca lo había hecho y le dije lo guapa que era, lo mucho que nos cuidaba a todos y lo que me gustaban sus cuentos. Ella, sin entender nada, asentía mientras me mecía en sus brazos. Cuando nos separamos, sus ojos estaban vidriosos aunque una tierna sonrisa adornaba sus labios. Fue entonces cuando le prometí que algún día las mujeres podrían escribir cuentos fantásticos para que los niños del mundo que no tuvieran madre pudieran soñar y ser tan felices como yo lo era cuando ella me leía.

Hoy, 60 años después, he venido a la residencia en la que se encuentra mi madre a enseñarle la medalla que he recibido al haber ganado el Premio Nobel en Literatura por mis cuentos infantiles. “Te lo dije”, le digo suavemente. Ella sonríe, aunque no sabe quién soy.

* El fragmento es de Pilar Primo de Rivera.

Día de la Mujer