El flaco de Úbeda

“A mí me gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, charlar con los amigos de verdad, enamorarme de verdad; y cuando pones tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas lleno de cicatrices”.

(Joaquín Sabina)

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Si hay algo más importante en mi vida -musicalmente- que los Beatles es el flaco de Úbeda. He crecido tomándome su poesía como una filosofía sobre la que he cimentado la mayoría de mis principios.

No soy una fan, soy una estudiosa de Sabina.

Hago mías sus palabras sin darme cuenta. Lo cito sin darme cuenta. Me refiero a él todo el tiempo, sin nombrarlo ni ser consciente muchas de las veces.

El omnipresente flaco de Úbeda.

Siempre digo que forma parte de mi familia pero en realidad de lo que forma parte es de mí, de muchas de las cosas que soy.

Abda

Juan Rulfo

Como cada semana y una vez realizadas las tareas del hogar, Abda se había vestido con aquellos ropajes que llevaban las mujeres de su pueblo y que desde pequeña ella también había lucido. Nunca le habían gustado porque, según decía, la agobiaban y reducían su libertad de movimiento. Tampoco entendía qué había de malo en mostrar sus brazos, sus piernas, su larga cabellera de color azabache. Sin embargo, teniendo diez años, se negó ferozmente a vestirlos porque el calor de ese día era insoportable. La bofetada que le propinó su padre la dejó sin conocimiento diez minutos y, desde entonces, jamás volvió a mostrar reticencia.

Mientras caminaba por aquellas tierras secas y pedregosas bajo un sol inclemente pensaba en lo afortunada que era por haber convencido a su marido de que la dejase ir sola a casa de Aháva, su mejor amiga. Antes, él la acompañaba hasta la misma puerta y, tras mirar con desprecio a Aháva, se iba tras escupir en su porche. Pero Abda había conseguido hacerle entender que era absurdo que fuera con ella cuando sus casas estaban a diez metros de distancia.

Cuando llegó a casa de su amiga, las dos cumplieron debidamente con el ritual que se habían impuesto. Se dirigían hacia la cocina, donde había una ventana que daba al patio interior de Aháva. Al cabo de unos minutos, mientras tomaban té de pasas, bajaban un poco la persiana. Y por fin, por fin, ambas podían relajarse y deshacerse del velo y de la pesada vestimenta que las oprimía.

– No aguanto más, Abda. Te lo juro.

– Pero, ¿por qué? ¿Por qué no te contentas con lo que tenemos? ¿Acaso quieres que nos maten? Recuerda que tengo tres hijas a las que no quiero ni puedo abandonar.

– Nadie ha dicho que las abandones. Nunca te pediría eso. Esas niñas son como mis hijas.

– ¿Entonces?

– Llevémoslas con nosotras. Saquémoslas de este sitio despiadado, cruel, falto de toda razón y toda lógica.

– Me gustaría ver las cosas como tú las ves. Tan fáciles, tan rápidas. Tan indoloras. Esto no es como en tus libros de fantasías y amores libres: esto es la vida real. Nuestra vida.

– Mira, Abda, las cosas son como queramos que sean. ¿Quieres seguir siendo presa de esta sociedad donde eres considerada menos que un animal? ¿Una sociedad que, por gracia divina, ha decidido que no vales nada y que te lo recuerda día tras día? ¿Por qué te crees que llevas… que llevamos esta ropa? ¿Por qué tuviste que llorarle a tu marido para que te dejase andar diez metros sola? ¿Por qué te acuestas con tu marido si te da asco? Y, sobre todo, ¿quieres todo eso para tus hijas?

En ese momento Abda empezó a llorar. No era nada nuevo, pues cada semana pasaba lo mismo: ella llegaba con la ilusión de compartir un rato con Aháva, de olvidar sus miedos, de que ella curase sus heridas físicas y mentales… Pero Aháva, con esa mente libre encarcelada en un cuerpo repleto de cicatrices grabadas a fuego –su ex marido le había arrojado aceite hirviendo por negarse a mantener relaciones con él- siempre aprovechaba para soltarle ese sermón que había aprendido de esos libros que escondía en el altillo. Y el ritual se repetía, como en una historia maldita en la que sus personajes están condenados a repetir el mismo día para siempre.

Aháva se acercó a Abda y le apartó el mechón que tapaba sus enormes ojos color oliva. Mirándola intensamente a los ojos, casi atravesándola, le juró que nunca jamás la dejaría sola y que las dos, junto con las niñas, conseguirían un día ser libres. No sabía cómo, pero así sería.

Y, como siempre desde que eran niñas, enroscaron sus lenguas mientras se fundían en un abrazo sanador y se regalaban mutuamente caricias reparadoras. Una hora después, Abda regresaba a su casa con la mirada perdida, el rostro compungido y el alma henchida.

*La fotografía es de Juan Rulfo.

El periodista noticioso

Évole vuelve a ser noticia. Vuelve a estar en la boca de todo el mundo, y a alcanzar increíbles picos de audiencia (hasta 6,2 millones de espectadores).

Nos llega con un documental llamado “Operación Palace” sobre el 23F, un tema muy controvertido del que se sabe muy poco, con una versión de los hechos totalmente diferente a lo que se ha escuchado hasta ahora y con personalidades del mundo del Periodismo y de la Política que aportan credibilidad a su mensaje.

El mensaje resultó ser una mentira perfectamente estructurada en un guion, y el esperado documental un mockumentary o falso documental.

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El hecho de que tanta gente lo haya creído, y al descubrir la realidad se haya sentido engañada, pone de manifiesto que la audiencia tiene una tara: cierta carencia de sentido crítico.

Nos encontramos ante una masa de espectadores que reciben una serie de informaciones disparatadas e ilógicas sobre un suceso, y las creen sin cuestionarlas demasiado, pasando por alto todo tipo de mensajes irónicos y muy propios de la ficción colocados estratégicamente con la idea de que el espectador despierte.

Una masa que, en cualquier caso, cree cosas increíbles porque se ha acostumbrado a una realidad esperpéntica y opaca, en la que casi todo tiene cabida, inclusive vírgenes siendo condecoradas con medallas policiales por el Ministerio de Interior. 

Ante eso, y ante la situación de no tener acceso a fuentes jurídicas del caso que permitieran acercar al periodista a la realidad, un mockumentary es una forma mordaz de hacer una crítica al sistema opaco y al ciudadano crédulo.

¿Podemos volver?

¿Podemos volver

a desabrocharnos la piel

el uno al otro

y mirarnos por dentro?

 

¿Podemos volver

a enroscarnos como anacondas

de madrugada

en cualquier antro de esta ciudad que marchita?

 

¿Podemos volver 

a mirarnos así

justo antes de que se nos imanten las bocas

y se nos desdibuje el contexto?

Otro muerto qué más da

“Otro muerto, otro muerto

 ¿qué más da?

Si está muerto que lo entierren y ya está.

[…]

Otro muerto, pero tiene su por qué.

Algo ha hecho, y si no pregúntale”.

Me ha venido a la mente la citada canción de Mecano, mientras leía cómo Rubalcaba pregunta a Rajoy quién dio la orden de disparar contra los inmigrantes que intentaban llegar a España nadando, y Rajoy responde -pero a Marcelino Iglesias- con una cita que dijo el PSOE en 2005 cuando murieron dos inmigrantes al intentar cruzar la frontera.

Venía a decir que “en estos últimos tiempos parece ser que hay determinados sectores que quieren hacer a la Guardia Civil sospechosa de no sé qué comportamientos y yo me niego totalmente”.

El desprecio me parece tan abrumador que no sé muy bien cómo describirlo.

Desprecio hacia los muertos, y hacia todos los seres humanos que se juegan la vida empujados por unas condiciones de vida tan miserables que, al menos yo, no sé si me puedo llegar a imaginar.

Desprecio en el cinismo de las palabras de Rajoy y en sus políticas.

En la implantación de las concertinas.

En la vulneración constante de la ley con las llamadas “devoluciones en caliente” de inmigrantes, sin asistencia médica ni derecho a ser atendidos como posibles refugiados.

Problema que se está tratando de resolver cambiando la ley para poder devolver a los inmigrantes sin atenderlos previamente.

Es decir, no penalizamos a aquellos que incumplen la ley, sino que modificamos la ley para que lo que hacen sea legal. En la buena dirección.

En el espectáculo circense de que el director de la Guardia Civil diga que no se utilizó material antidisturbios, y luego el ministro de Interior diga que sí.

En el hecho de salir a responder sobre el asunto tras casi dos semanas de silencio -y poco son dos semanas para lo que acostumbra- para parafrasear algo que dijo el partido de la oposición ocho años atrás. Viniendo, además, a decir que no tiene ningún interés en depurar responsabilidades.

No está nada claro que la Guardia Civil actúe bajo el marco de la legalidad -por no decir que queda constantemente de manifiesto que no lo hace en ciertas ocasiones-, lo que sí está claro es que hay muertes que podrían haberse evitado.

Sólo de esta, quince.

Quizás el Gobierno debería replantearse a quién respaldar y a quién dar la espalda.

La arruga

Nunca me han parecido de fiar aquellas personas que se horrorizan cuando ven una arruga o que incluso se refieren a las arrugas de alguien de forma despectiva. No me parecen de fiar porque no entiendo qué le ven de malo a haber vivido –con todo lo que eso significa- y que quede muestra de ello.

No sé muy bien qué ha llevado a que socialmente veamos estas marcas como algo negativo y de lo que avergonzarse. ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? Quizá lo empezamos a ver como algo malo y la industria vio un filón para hacer dinero. O tal vez fue esta última la que decidió que las arrugas eran feas, que había que erradicarlas y que para ello utilizarían a mujeres y hombres a los que presentarían con caras más lisas que las de un bebé. Todo ello con la intervención divina del Santísimo Photoshop. Pero esto no te lo dicen, claro. Se perdería la magia.

El caso es que no pasa un corte publicitario en el que no anuncien una milagrosa crema que elimina las arrugas desde el primer uso. Porque “los signos de envejecimiento” hay que ocultarlos. Porque un hombre o mujer con sesenta años tienen que tener la misma piel que cuando tenían diez. Por supuesto. Para entender lo antinatural que me parece y la grima que me da, siempre pongo el mismo ejemplo: un niño con arrugas. De esto nos escandalizaríamos, como es lógico, porque va en contra de la naturaleza. Sin embargo, ver pieles en las que no hay ni rastro de vida o siquiera de expresión, es de lo más natural. Así de potentes son la publicidad y el marketing. O así de imbéciles somos nosotros.

No estoy diciendo que no tengamos que cuidar nuestra piel, sobre todo porque está sometida a un estilo de vida poco saludable, a contaminación de todo tipo y a alimentos de todo menos naturales. No me refiero a las cremas hidratantes que palian un poco estos excesos. Me refiero a esas cremitas que cuestan una pasta y que tienes que echarte por la mañana y por la noche*, en un afán de eliminar esas líneas, no se vayan a dar cuenta de que has reído y llorado.

Esos surcos en la piel son nuestro cuaderno de bitácora. Las arrugas son el recuerdo de cuando los entornábamos mientras paseábamos por la playa y el sol nos daba de frente; o de cuando intentábamos divisar la figura de alguien querido en la lejanía. O de cuando reíamos hasta llorar por las cosquillas que nos hacían nuestros padres cuando éramos pequeños. O de cuando llorábamos hasta reír porque queríamos enfadarnos con nuestro hermano pero él o ella ponían una cara graciosa y ya no podíamos continuar con nuestro enfurruñamiento. O de cuando, simplemente, lloramos de rabia o porque perdimos cosas, personas, oportunidades que nunca más volvieron. O de cuando las comisuras de nuestros labios se estiraban tanto que dolían porque habíamos recibido una buena noticia o porque, sencillamente, nos sentíamos bien.

O de cuando…

Martin Langer

*Siempre he creído que esto no es necesario, sino que lo indican para que el producto se acabe antes. Pero esto es cosa mía.

Hay cosas que no quiero romper

La pasión es una ruina
y el amor es otra cosa
que no han tenido el placer de presentarme.
 
Sé que existe
sólo porque es la mitad
del desamor.
Y porque algo de él
hay en todos los sufrimientos.
 
Vengo a decirte lo que ya no podré decirte nunca.
 
Si te abraza el aire
sigo siendo yo
con esta sangre por la que corres
para agarrarte a los latidos
y convulsionarme cada minuto de existencia.
 
Me he malbaratado tantas veces,
me he vendido tanto siendo tan joven,
que este no vivir -o desvivirme-
es casi una rutina
a la que ya no me resisto.
 
Vengo a decirte lo que ya no podré decirte nunca.
 
Sigo siendo yo,
igual de descarnada
con la piel dada la vuelta
y los ojos siempre a punto de estallar en agua.
 
Si algún día me piensas,
si algún día te miras al pecho,
sigo siendo yo
al otro lado del planeta
con el teléfono en la mano
esperando a que algo pase en tu cabeza
y me llames.
 
Y sigo estando hundida
en el vacío de tu lado de la cama.
 
Sigo siendo yo
sólo que ahora
estoy un poco más callada
porque hay cosas que no quiero romper.