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Lo mágico de las calles grises

Londres. El maldito canto de su viento, que se incrusta en el cerebro y te vuelve loco. Su niebla, que no suele ser otra cosa que mierda disuelta en el aire. Sus vagones de metro abandonados en el extrarradio. Sus zorras. Sus yonquis. Su puta manía de madrugar por las mañanas. Su cielo encapotado. Sus palizas en callejones oscuros. Su subsuelo agujereado. Sus “te llamaré”.

Sus ocho millones de almas a viviendo a un ritmo vertiginoso que rara vez se tocan y jamás se miran a los ojos.

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Esta ciudad que ha enterrado ríos bajo asfalto, que maltrata, que te echa en cara las pisadas, que te convierte en mota de polvo y se ríe de ti, de tus debilidades, de tu inseguridad y de sus consecuencias.

Este gigante levantado sobre fango a lo largo de los siglos, que te ofrece todo para después no ponerte fácil nada.

Este mirar hacia arriba con la mandíbula desencajada ante una ciudad pionera en todo, con una historia de terror en cada esquina.

Este arsenal de ilusiones entremezcladas con desamparo, que lo siente todo, que lo mira todo, que te echa el aliento en la nuca, que te da una patada en el culo cuando ya te ha dejado sin nada y tú te largas dejándote un trozo de corazón en alguna acera del Soho.

Este síndrome de Estocolmo.

Este enamorarse de una puta.

Londres te embriaga, te suelta en escena, y se sienta a mirarte con socarronería. A ver qué haces, a ver cuánto tiempo aguantas hasta pegarte un tiro, o enamorarte perdidamente de su reto y de tu condena.

A cambio, te lo da todo.

Si tienes la fortaleza de una fiera, y la forma de mirar de un niño, te lo da todo.

La ciudad más vigilada del mundo

Londres es una de las ciudades más importantes del mundo y, probablemente, la más grande de Europa.

Foco de turismo, comercio, finanzas y cultura; con más de 8 millones de habitantes, Londres es un gigante que se mueve a un ritmo vertiginoso. Es un punto de interés para todos, también para terroristas, por eso su sistema de vigilancia ha de estar a la altura.

Etiquetada constantemente como “la ciudad más vigilada del mundo”, cuenta con una inmensa red de cámaras que interceptan a sus transeúntes cada pocos segundos (unas trescientas veces al día) y mandan información a los operadores en caso de actuación sospechosa, para que éstos den zoom in, activen los micrófonos y llamen a Scotland Yard en caso de que fuera necesario.

Son un elemento importante para las persecuciones policiales, ya que los operadores siguen al sospechoso desde arriba y proporcionan información a la policía acerca de hacia dónde se dirige en cada momento.

También registran las matrículas de todos los vehículos que entran en la ciudad por si fuera necesario recabar datos a partir de ellas, y son capaces de discernir quién paga y quién no en las zonas de tráfico de pago, para posibles denuncias posteriores.

Por descontado, vigilan el tráfico. Son parte de un sistema de comunicación que consta de sensores bajo el asfalto que miden la frecuencia de paso de los vehículos y la almacenan en forma de datos para detectar anomalías o retenciones en la fluidez del tráfico.

Con la ayuda de la información que proporcionan estos sensores y las cámaras, los semáforos son regulados. Algunos de ellos, semáforos “inteligentes”, se autorregulan de forma automática en función de las necesidades del tráfico y otros son regulados manualmente por trabajadores.

Al margen de las cámaras que vigilan las calles, están las que graban en los autobuses londinenses, en el metro, y en todo tipo de instalaciones. Además de las cámaras de los negocios privados. Las hay incluso en las escuelas.

Cientos de miles de ojos artificiales nos siguen a todas partes. Estamos increíblemente vigilados bajo un pretexto de seguridad que no deja de ser eso, un pretexto, porque, además, sólo se resuelve un delito por cada mil cámaras de seguridad, lo que cuestiona la eficiencia del sistema. En palabras de Iñigo Sáenz de Ugarte para Público, en 2009:

La cifra ha sido publicada en un informe de la Policía Metropolitana de Londres. El documento recoge opiniones de mandos policiales que empiezan a ser conscientes de las dificultades para justificar tal despliegue de vigilancia pública. Precisamente porque los ciudadanos son conscientes de que cada día son enfocados y grabados por centenares de cámaras, las autoridades aspiran a que al menos sean útiles en la lucha contra la delincuencia. Si no es el caso, dice el informe, llegará el momento en que los británicos no aceptarán con tanta facilidad esta intromisión.”

Es imposible, cuando menos, no pensar en las telepantallas de las que hablaba Orwell en “1984”, y sentir cierto temor e inseguridad cuando el cometido es el opuesto. Aunque también proporciona anécdotas divertidas, como el caso de un policía que se persiguió a sí mismo durante veinte minutos  siguiendo instrucciones de los operadores de cámara porque fue identificado como sospechoso por los mismos.

Snowden filtró que Londres espió a casi dos millones de ciudadanos a través de sus webcams en colaboración con Estados Unidos. Por no hablar del historial de escuchas y acceso a datos privados que tiene el país de la Casa Blanca; o de la maquinaria cibernética que llevó a Obama a ganar las elecciones, tras dos años de trabajo de investigación en una sala blindada: La Cueva.

Tales informaciones, incitan a todo menos a la confianza. No sabemos muy bien en qué medida, ni cómo, pero sabemos que nos están manipulando ferozmente.